GÀTA – Capítulo 1

GÀTA – Capítulo 1

EL GATO DE LA DISCORDIA

—No voy a casarme con Leandro.

Las palabras salían de la boca de Nerea muy débiles, como un susurro, pues era consciente de que el leve runrún de su confesión podía desatar la peor de las tempestades. Al otro lado de la mesa, frente a ella, su padre masticaba en silencio, sabedor de que el día no iba a ser jovial, por mucho que el pan artos que comía se acostumbrara a reservar para los días festivos.

En el exterior, el canto de un ruiseñor intentaba suavizar la tensión generada en el hogar. A Nerea, el estómago se le cerraba cada vez más. Ni siquiera el apetitoso aroma del cerdo especiado que su madre endulzaba con miel obteniendo un equilibrio perfecto de sabores conseguía que quisiera echarse algo a la boca. Sus dedos temblorosos acariciaban la áspera madera de la mesa, a la espera de la reprimenda de su padre que se maceraba en el bruto corazón de este preparando su inminente erupción.

—¡¿Qué has dicho?! —vociferó finalmente el progenitor dispersando desde su boca una lluvia de migajas de pan llenas de indignación.

Mientras los ecos del grito retumbaban en la cabeza de Nerea, el hombre se comió en silencio el último pedazo de queso que quedaba en su plato. Le parecía una ofensa a los dioses dejarse comida en la mesa y sabía que tras la conversación que se avecinaba ya no tendría más ganas de comer. Nerea alzó levemente la cabeza, acoquinada, sintiendo cómo la mirada de su padre se clavaba en su entrecejo como si de una punta de lanza se tratase. Giró la cabeza para evitar aquel ataque, dirigiendo su mirada al Partenón a través de la ventana. En la colina sagrada, las dieciséis columnas laterales del templo de estilo dórico se erigían regias, imponentes como sabía que era el carácter de su padre.

—Repite eso que acabas de decir —solicitó Megacles en tono neutro, manteniendo la calma tanto como podía, aunque el respeto que tenía su hija por él hacía que las palabras sonasen como si fueran una advertencia.

—Que no voy a casarme con Leandro —repitió la muchacha, bajando de nuevo la mirada hacia su plato, cuyo contenido seguía intacto.

—¿¿Y esa decisión a qué se debe?? —preguntó Megacles, más alterado, golpeando la mesa con sus puños y haciendo temblar la madera y a su hija. A pesar de que las canas comenzaban a ganar la batalla en su barba y en el escaso pelo que se resistía a permanecer en su cabeza, el sexagenario se encomendaba a sus grandes brazos como símbolo de su poder—. ¡Estoy esperando una explicación! Y eso es mucho más de lo que mereces ante tal desafío. Que mi amor de padre te esté dando una posibilidad de explicarte no te lleve a engaño, no pienso dejar que rompas tu compromiso con Leandro.

Nerea se quedó muda, su creciente temblor se transmitía a la silla que soportaba el peso de su sufrimiento.

—¡Ahora no hablas! —continuó el padre de la chica ante el mutismo de ella—. Pues así has de seguir hasta el momento en que contraigas matrimonio con Leandro. No quiero volver a escuchar sandeces de tal tamaño de nuevo.

La dureza de las palabras de Megacles desencadenó un río de lágrimas que bañó las mejillas de la muchacha. Ver el dolor de la niña materializado en forma acuosa hizo que su padre mostrara la ternura que siempre llevaba dentro, pero que sabía que en ocasiones debía omitir por el bien de su familia.

—Eh, Nerea. —El hombre estiró su brazo y levantó la cabeza de la joven tirando hacia arriba de su barbilla. Su autoridad se quebró repentinamente al observar la ternura de las delicadas facciones de su niña, que no podían evitar mostrar su fragilidad—. Soy tu padre. Te escucho. ¿Qué te preocupa?

—Leandro no quiere conseguirme un gato. —Ante tal explicación de la muchacha, que su padre consideró totalmente estúpida, Megacles respondió con otro golpe en la mesa y con un bufido digno de los antiguos toros minoicos. Envalentonada y sabiendo que ya no había forma de echarse atrás, Nerea cerró los ojos y se decidió a continuar hablando. Lo hizo de manera acelerada, dejando que sus palabras escaparan y no fueran agarradas por el miedo que sentía—. ¡Me lo dijo en la última misiva! ¡No quiere conseguirme un gato!

—¿Y por eso ya no quieres casarte con él? —preguntó el padre airadamente, levantándose propulsado por la indignación—. ¿Por esa tontería?

—¡No es una tontería! —replicó Nerea alzándose también, apretando los puños encerrando su temor en ellos.

—¡Eso es un capricho! ¡Muy estúpido, además! —atacó el padre a viva voz—. ¿Por un gato? ¡Yo te consigo uno!

—¡Un gato de Egipto! —aclaró la chica, imprimiendo volumen a su voz en aquella escalada sonora—. ¡Allí son sagrados! ¡Si Leandro no hace eso por mí significa que no le importo, que no se va a preocupar nunca por mí! ¡Solo quiero que el hombre con el que voy a pasar el resto de mi vida demuestre su amor!

—¡Pero si tú solo tienes que obedecer! ¡No ordenar!

En ese momento, la madre de Nerea, hasta ese momento espectadora silenciosa que solo hacía girar su cabeza de uno a otro, decidió intervenir dispuesta a acabar con aquella batalla verbal.

—¡¡Ya está bien!! —gritó antes de que su esposo y su hija comenzaran a lanzarse todo lo que había sobre la mesa que los separaba—. ¡Somos una familia!

Los tres se calmaron de inmediato, obligados por el sentimiento fraternal, y volvieron a tomar asiento. Megacles resopló. Varias veces.

—¿Y por qué ahora? —preguntó el padre, algo más calmado tras la intervención de su esposa—. Creía que ya tenías asumido el matrimonio.

—Se debe a la inminencia del acontecimiento —explicó la madre, una vez metida en la conversación, con la intención de ayudar a su niña—. Ella creía que tendría tiempo para asumir el enlace, pero ya no lo tiene. Está aterrada, querido.

—Y yo soy el padre, malévolo y pernicioso que empuja a su propia hija a los terrores que le causan tanto sufrimiento, claro… —se resignó el padre. Suspiró profundamente dejando que toda la bravura saliera de su cuerpo—. En fin. Seguiré retrasando tu compromiso, de momento al menos. Te daré un poco más de tiempo, hija, porque te quiero. Y arriesgo mucho actuando así. —Nerea era una de las pocas jóvenes atenienses que superaba los veinte años sin haber tenido que sufrir el trance del casamiento. La economía familiar le había permitido prescindir de la necesidad de tener un esposo, pero lo cierto es que esta no se encontraba tan boyante en los últimos tiempos—. Leandro está deseando que te entregue para disfrutar de ti, no obstante le diré que eso perjudicaría tus estudios y mi promesa de entregarle una joven refinada. Pero asúmelo rápidamente, Nerea, porque te casarás con él. Por ti, y por toda tu familia. Atenas ya no es lo que era. Ahora somos… esclavos de ese macedonio. —Megacles hacía alusión al sometimiento de los pueblos griegos a Alejandro Magno, después de que su padre Filipo se convirtiera en el líder de Grecia tras la batalla de Queronea y de que su hijo se asegurara tal liderazgo arrasando Tebas y mostrando las consecuencias de cualquier tipo de insurrección contra su autoridad—. Leandro es de buena familia. De las mejores de Atenas. Que se haya encaprichado de ti es… una suerte para nuestra economía cada vez más mermada.

—Lo sé, padre. Lo sé… —afirmó Nerea en aquel intercambio de verdades—. Y lo entiendo…

—Descansa, hija. Pido disculpas por haberte incendiado con mis palabras. Ve a tu habitación y tranquilízate,  ya hablaremos de este asunto más tarde.

Nerea afirmó, se levantó de la mesa y comenzó a caminar. Salió al patio y, perdida en sus pensamientos como estaba, no se dio cuenta de que alguien le había agarrado de la muñeca hasta que, de un tirón en el brazo, se vio obligada a detenerse en mitad del florido espacio abierto.

—Yo te traeré ese gato de Egipto —dijo alguien tras de sí. La muchacha se giró para encontrarse con un hombre de ondulada melena castaña y rostro alargado. Era Néstor, el jardinero del hogar. Y el dueño de su corazón—. Os he oído gritar ahí dentro. Te traeré el gato que deseas, te lo prometo, cueste lo que cueste.

La determinación del hombre contrastaba con el temblor en la mano de Nerea. En su mirada sincera podía verse que estaba dispuesto a cumplir todos los deseos de la joven a la que amaba. En su corazón albergaba la seguridad de que nada podría pararle en ese empeño.

Sin embargo, lo que no sabía en ese momento, era que ese gato que Nerea deseaba para su vida, iba en realidad a cambiar la suya propia.