El último gato vikingo – Capítulo 1

El último gato vikingo – Capítulo 1

UN GOLPE DE SUERTE

Año 1027 – Niels y Kaysa, 10 años

—¡Yo también quiero pelear!

El pequeño Niels, a sus diez años, escuchó aquella vocecilla por primera vez mientras intentaba recomponerse de la lucha cuerpo a cuerpo que acababa de tener contra otro de los muchachos de Caen. Mientras los niños jugaban golpeándose unos a otros, a su alrededor los adultos llenaban y vaciaban sus cuernos de hidromiel mientras charlaban o bailaban al ritmo de campanas, sonajas, flautas de hueso y trompas de madera durante la festividad del Völsiblót.

—¡Tú no vas a pelear! —le decía el padre a aquella empecinada niña que quería unirse a los muchachos. Tenía una mirada desafiante desde sus profundos ojos azules.

El chico al que acababa de tumbar Niels, y que le superaba en cuatro años, se levantó del suelo y se puso a su lado mientras pasaba el dorso de su mano por los labios para limpiarse la sangre.

—Es la nueva —le dijo al ver que estaba embelesado observando aquella discusión paternofilial—. Creo que tienen parientes en Inglaterra y que han venido aquí a Normandía a vivir.

—¿Conoces a esa chica, Viggo?

—Pues claro que la conozco —afirmó su amigo, orgulloso—. ¿Acaso hay algo que yo no sepa aquí? Para controlar el pueblo hay que conocerlo —expuso el pequeño Viggo, que ya para entonces apuntaba alto con sus tribulaciones.

—¿Y cómo dices que se llama? —preguntó Niels, que de repente necesitaba saber algo de aquella muchacha, cualquier cosa.

—Se llama Kaysa. Y se enfada por todo, tiene muy mal humor. Y de hecho creo que lo vas a comprobar ahora mismo —opinó Viggo al ver que la niña, desobedeciendo a su padre, se acercaba hacia ellos.

—Viene hacia aquí, Viggo, que viene hacia aquí… —dijo Niels, nervioso—. ¿Qué hago?

—Pues luchar con ella, que es lo que se hace en este círculo —sentenció Viggo, que tras darle una palmadita en la espalda a su amigo, se alejó.

—¡Vengo a luchar contra el campeón! —informó Kaysa, con los brazos cruzados sobre el pecho y alzando la barbilla.

—Pero yo no voy a luchar con una niña… —se excusó Niels alzando los hombros.

—Por supuesto que no vas a luchar con una niña. ¡Vas a luchar conmigo!

Niels alzó las cejas, sorprendido por aquella determinación. Kaysa aprovechó el momento de incertidumbre para abalanzarse contra él. Le embistió como una cabra y el niño sintió la cabeza de ella en la boca de su estómago sin evitar poder caer al suelo por el empujón sintiendo un dolor intenso. La niña continuó su desafío dándole una patada en la entrepierna que hizo que el pequeño Niels sintiera como si una bola de fuego se le subiera desde el estómago a la garganta.

Kaysa se lanzó también al suelo, sobre él, y comenzó su recital de puñetazos. A su alrededor, el gentío reía y aplaudía. Y esa humillación, Niels no podía tolerarla, por lo que decidió reaccionar. Agarró con una mano el cuello de Kaysa para alejarla un poco. Aprovechó que su brazo era más largo que el de ella para dejarla fuera del alcance de su rostro, que ya había sido golpeado varias veces. Libre de aquel torbellino de golpes, Niels aprovechó su otra mano libre para empujar a la niña y quitársela de encima, haciéndola rodar a su lado.

No contento con ello, el chico se levantó, fue a por ella, la levantó con sus brazos y volvió a lanzarla contra el suelo. Las risas a su alrededor se convirtieron en un murmullo generalizado, en reproches, y finalmente en silencio cuando Niels continuó la lucha y le dio una patada a Kaysa en el estómago.

—¡Eh! ¡Eh! ¡Ya está bien! —gritó el padre de Niels y fue corriendo a retener a su hijo—. ¿Te has vuelto loco, chico? ¿Qué pretendes demostrar dándole una paliza a esa niña?

—¡Ella ha querido luchar! —se excusó Niels intentando zafarse de los brazos de su padre—. ¡Ella lo ha pedido!

—¿Y qué? Eso no te da derecho a abusar de ella —le aleccionó el padre.

—¡No estoy abusando! —se quejó él—. ¿Es que no lo entiendes? Ella ha pedido luchar, ¡si quisiera un rival que no la atacara lucharía contra un muñeco de paja! ¿Me ves cara de muñeco de paja? Déjame, ¡porque voy a destrozarle esa cara de inglesa que tiene!

Sin embargo, el padre no le dejó continuar. Lo apartó de la zona reservada a las peleas de niños y le obligó a calmarse. Desde el suelo, Kaysa sentía que era el dolor de tripa más placentero que había sufrido nunca.

La fiesta recuperó su jolgorio habitual hasta que llegó la hora del sacrificio del semental. En ese momento, todos los participantes se situaban alrededor de un altar preparado para sacrificar un caballo, y Niels se vio obligado a sentarse en primera fila para tener una buena visión del espectáculo. No disfrutaba en absoluto con aquella muerte injustificada, pero su padre le decía que como buen normando tenía que participar en las tradiciones.

De repente, alguien se acercó por su derecha. Niels apartó la mirada al ver que se trataba de Kaysa. Pidió a los dioses que no se acercara a él pero parecieron no escucharle. La niña se sentó a su lado, sin decir nada. Estuvieron un rato así. Niels la miraba furtivamente de vez en cuando por si decía algo, pero parecía concentrada en la escena que tenían delante. Cuando el goði que oficiaba la ceremonia dio muerte al caballo, momento en el que Niels tuvo que echar la vista a un lado, la niña sonrió, parecía disfrutar del acto.

—Ahora le cortan el… —comenzó a decir finalmente Niels para abrir un tema de conversación, pero en seguida se dio cuenta de que no era el más apropiado.

—El pene —completó ella sin pudor alguno—. Lo sé, lo he visto muchas veces. Soy nueva aquí, pero he visto esto antes, y sé que lo hacen para que nazcan muchos niños este año.

—Es que, como vienes de Inglaterra… —se excusó Niels.

—Mis padres tienen amigos en Pevensey, pero yo soy hija de los Aesir y los Vanir, y lo seré siempre, ¡hum! —afirmó ella orgullosa de su condición vikinga.

Niels sintió que aquella asertividad se le clavaba en la piel como si fueran aguijones. Aquella muchacha era distinta, sin duda.

—¿De verdad querías romperme la cara? —preguntó Kaysa, haciendo que Niels dejara de mirarla por temor a que le descubriera con aquellos ojos de admiración.

—¡No! Digo, sí… A ver… —Niels se rascó la parte rapada de su cabeza, sin saber cómo explicarse—. No quería disfrutar haciéndote daño, pero imagino que eso es lo que tú querías, ¿no? ¿Qué diversión hay en ganar si el otro se rinde fácilmente y no pelea como de verdad sabe?

Kaysa volvió a sonreír. Era la primera vez que alguien respetaba sus deseos. Quería luchar como los demás, con el mismo riesgo a sufrir lesiones, con el mismo dolor en los golpes. Pero eso, por ser una chica, siempre se lo habían prohibido o, en un alarde de gentileza que no entendía, los chicos siempre tendían a ser más suaves con ella. Pero Niels la había comprendido, solo quería darle lo que ella deseaba y había actuado como siempre había deseado que actuaran los demás.

—Ven, te voy a enseñar algo divertido, a lo mejor todavía no han terminado —dijo Kaysa agarrando la mano del pequeño Niels y tirando de él.

Corrieron alejándose del círculo del sacrificio y corretearon por Caen. Cuando llegaron a una pequeña casa apartada, Kaysa le advirtió de que caminara con sigilo y poniendo el dedo en sus labios le pidió silencio. Le ordenó que mirara por la ventana el interior de la casa en cuya pared estaban apoyados.

Dentro, un hombre sodomizaba a otro, y era difícil juzgar cuál estaba disfrutando más de los dos en aquella relación homosexual. Niels abrió los ojos, sorprendido, y se giró para dejar de mirar aquella escena que le turbaba por su condición infantil.

—¿Qué ves tú ahí de divertido? —dijo Niels en un susurro, quejándose.

—No lo sé —dijo Kaysa poniéndose a su lado—, me gusta espiar a la gente cuando hace… esas cosas. —Tuvo que taparse la boca para no reírse y ser descubierta.

—¿Y por qué te divierte tanto? Si eso es algo normal… —intentó explicar Niels, que precisamente era el que más se había alterado por la situación.

—Para el que estás detrás, sí. Pero como vean al que está delante, se van a reír bastante de él.

Esta vez Kaysa no pudo evitar reírse. Las relaciones homosexuales no eran en sí un tabú en la cultura vikinga, no al menos para la posición activa. En cambio, la pasiva sí tendía a causar mofa y a ridiculizarse. Los dos hombres escucharon la risa de la niña, por lo que tanto ella como Niels tuvieron que salir corriendo. No se detuvieron hasta estar a salvo.

—Tú… eres… muy… rara… —le dijo Niels cuando pudo recuperar el aliento tras la carrera.

—Lo sé —afirmó Kaysa—. Y por eso algún día querrás hacer conmigo lo que hacían esos dos hombres que estábamos espiando.