EN EL NOMBRE DE EVA – Capítulo 1

EN EL NOMBRE DE EVA – Capítulo 1

1

Eva

—¡Joder! —exclamó el regulador, sorprendido. En su primera visita al laboratorio, permanecía con la boca abierta ante lo que tenía delante—. Es…

—Impresionante, lo sé —completó el científico Roldey Pagan, satisfecho con su creación—. Incluso a mí, que la veo a diario, me sobrecoge observarla.

Delante de ellos se erigía un contenedor cilíndrico con una joven que aparentaba unos veinte años en su interior. Inmóvil, con los ojos cerrados y suspendida en un fluido viscoso, parecía que se hubiera ahogado allí dentro. Pero estaba viva. El movimiento de su pecho al respirar lo confirmaba.

—De acuerdo… Sí… Procedamos entonces a la revisión. —El regulador Sandji Wilker apretó unos botones en la parte de su traje ajustado que cubría el antebrazo para que su agenda digital se proyectara en forma de holograma—. A ver… ¿Por dónde empezamos?

—Se nota que es tu primera visita. —Roldey sonrió. Sin duda, su proyecto tenía particularidades que hacía que los reguladores novatos se sintieran confusos—. ¿Qué ha pasado con Ebrum?

—Información reservada —contestó el joven Wilker. El científico no había esperado otra respuesta—. Yo seré el que vigile este experimento a partir de ahora. Es lo único que debes saber.

Roldey seguía sorprendido al ver la juventud de la persona que iba a supervisarle. Imberbe, con un pelo rubio repeinado hacia atrás y rostro casi adolescente, no mostraba físicamente la preponderancia necesaria para pararle los pies. Pero si estaba ahí, era por algún talento oculto; Roldey no debía subestimarlo.

—Ebrum comenzaba anotando las constantes vitales —sugirió Roldey intentando echarle una mano al regulador, que parecía perdido entre sus pensamientos sin saber por dónde empezar.

—Sí, de acuerdo. Las constantes vitales… —Wilker deslizó su dedo por el aire para proyectar la página que buscaba en su agenda—. ¿Me las transmites?

—Eso está hecho. —Roldey giró su asiento e interactuó con la mesa de su escritorio que hacía las veces de pantalla táctil—. Te las envío. Ahí las tienes. Se encuentra perfectamente, ¿no crees?

El joven Wilker observó los datos, impolutos, y después dirigió su mirada a la chica del contenedor, incapaz de comprender que aquellos parámetros vitales tan perfectos pertenecieran a una persona tan inerte.

—Sí. Todo parece ser correcto —confirmó el regulador. La chica parecía incólume—. No la habéis despertado nunca, por lo que veo.

Roldey negó con la cabeza. Su corto cabello pelirrojo, peinado ligeramente hacia la izquierda dentro del caos natural que era su pelo, bailó con aquel movimiento.

—Tenemos prisa y no queremos ralentizar su desarrollo —expuso el científico. En una revisión normal, se extraía a los seres clonados de su incubadora durante unos instantes, porque había comportamientos que no se podían comprobar en su estado de letargo—. Pero tenemos permiso para la incubación ininterrumpida.

Roldey señaló en la proyección de la agenda de Wilker la anotación que lo indicaba.

—¿Quién es? —preguntó el regulador, interesado—. No se especifica nada en mi informe respecto a sus datos personales.

—Porque no los necesitas —atacó Roldey—. Lo único que te interesa es su estado de salud, no su identidad. No creo que sea conveniente que excedas tus competencias, Wilker. Incluso aunque te lo hayan pedido…

—¡No me lo han pedido! —replicó el regulador, molesto al ver que el científico sugería que estaba allí por algo más que por su trabajo, como si se tratara de un espía o algo así—. Estoy aquí precisamente por mi respeto a las normas. ¡Jamás aceptaría hacer algo más allá del protocolo!

—Pido disculpas entonces. Te creo. No estás aquí por algún interés oculto… Ven, acércate. —Roldey se levantó y se situó frente al contenedor. Esperó a que el regulador se pusiese a su lado—. Es hermosa, ¿no crees?

—Lo creo —afirmó Wilker sin saber a qué venía esa pregunta. El cuerpo de la chica estaba proporcionado, pues se alimentaba con la cantidad de nutrientes exacta que las matemáticas indicaban, evitando los excesos y las deficiencias.

—Sus ojos también son preciosos —añadió Roldey—, aunque ahora no puedas verlos porque están cerrados.

Wilker alzó la vista para recorrer el cuerpo de la joven clonada, se sintió avergonzado al ver que se había detenido demasiado tiempo observando el busto de aquella creación, que, sin ser excesivamente grande, le resultaba atractivo.

—Azules, imagino —dijo el regulador. La piel pálida y la larga melena rubia le hacían pensar en la claridad de sus ojos. Siempre se tendía a forzar el ADN para generar caracteres recesivos en las clonaciones, pues estabilizaban el proceso. Así, a nivel físico la mujer difería de su material genético inicial, pero se aseguraba que mantuviera su esencia interior.

—Azules —confirmó Roldey. Observó el reflejo de los dos en el cristal del recipiente que albergaba a aquella mujer. Tenían dos rostros juveniles que mostraban ingenuidad—. Sé que te gusta. Sé que tu corazón se acelera al verla…

—¿En serio? —Wilker se sobresaltó. Se preguntó si el científico tenía algún instrumento que pudiera medir su ritmo cardíaco a distancia.

—Sé lo que sientes al verla —continuó el científico— porque es lo mismo que siento yo. Te inspira ternura, excitación, incluso me atrevería a decir que despierta tus instintos… Y te entiendo. Los que te han enviado aquí también lo saben.

—¿Qué estás diciendo? —expuso Wilker, sintiéndose utilizado en aquel momento y sin saber muy bien por qué la conversación había tomado aquella deriva.

—Esperan que esos sentimientos naturales despierten también el de protección. Buscan que te enamores de ella, porque eso hará que seas más eficaz en tu trabajo. Te preocuparás más por su bienestar. —Wilker agachó la cabeza, sintiéndose decepcionado al pensar que sus superiores podían haberle escogido por eso y no por su talento prematuro—. Pero no es necesario que sientas esa empatía para protegerla. Más que yo no la quiere nadie. No voy a permitir que le pase nada. Puedes estar tranquilo. De algún modo… es mi hija.

Wilker miró a Roldey y sonrió. Le gustaba lo que oía, pero entonces se sacudió la cabeza, pensando que había bajado la guardia. No. No debía de fiarse de aquel científico. Podía estar engañándole.

—Me advirtieron de que intentarías ganarte mi confianza —dijo el regulador, orgulloso por haberse dado cuenta de la treta.

—No intento convencerte de nada —se defendió Roldey—. Mi confianza la ganarás sin que ni siquiera yo tenga que esforzarme para ello. Así le sucedió a Ebrum, e imagino que por ello se le ha apartado del caso. Entiendo que nuestra cercanía le resta eficiencia como vigilante.

—¿Tan simpático piensas que eres que te crees que acabaremos siendo amigos irremediablemente? —ironizó Wilker.

—No es por mi simpatía o la ausencia de ella por lo que estoy tan seguro de que confiarás en mí. —Roldey señaló entonces a la joven del contenedor—. Es por ella.

El científico invitó al regulador a sentarse en una de las sillas que había entre equipos de análisis e instrumental de laboratorio. Roldey tomó asiento frente a él, que era todo oídos.

—Ella es una roca —comenzó a exponer Roldey con unas palabras que no hacían más que confundir más a Wilker.

—¿Una roca?

—Esta roca. —Roldey apretó unos botones situados en su antebrazo y, su mesa, que estaba junto a ellos, proyectó la imagen de una piedra de forma cúbica, aunque imperfecta, que alcanzaba el metro de altura. Sobre su superficie se deslizaban rayos de luz de color verdoso—. La encontramos en un carguero accidentado durante una exploración en busca de muestras.

—Pues no aparece nada de eso en mi informe —dijo Wilker, pensando que le tomaba el pelo.

—Lo sé. Te han dicho que se trata de una clonación para fines terapéuticos, sin más. El desconocimiento sobre todo lo que rodea este proyecto ha hecho que los trámites burocráticos sean demasiado genéricos…

—¿Y cómo se convierte esa roca en… ella? —Wilker habría dicho en esa belleza mientras volvía a señalar la incubadora cilíndrica, pero prefirió omitir su opinión.

—Al principio, se pensó que esa roca era un contenedor energético por su fuerte radiación. —Roldey seguía mostrando distintas fotografías en la pantalla sobre la investigación previa que se había llevado a cabo—. Creíamos que habíamos descubierto una nueva fuente de energía, lo que nos habría convertido en los nuevos ricos del universo. Como puedes ver, no fue así.

Roldey abrió los brazos para mostrar las humildes condiciones de su lugar de trabajo. Los presupuestos para investigación siempre eran ínfimos comparados con los militares.

—¿Y qué pasó entonces? —Wilker había descubierto que la curiosidad que sentía empezaba a dar credibilidad a lo que estaba oyendo.

—Me di cuenta de que aquella radiación eran señales. —Roldey sonrió al recordar su momento estelar, se acarició aquella barba que no era ni de niño ni de adulto, era apenas un matojo disperso de pelo rojizo—. Las distintas longitudes de onda formaban un código. Un código de cuatro caracteres…

—¿Un mensaje? —preguntó Wilker.

—¡No! —negó Roldey, decepcionado—. ¡Venga ya! ¿Cuál es la combinación de cuatro elementos más importante en la vida? No me digas que tampoco los reguladores que nos tenéis que vigilar disponéis de conocimientos científicos básicos…

—El ADN… —acertó Wilker, sintiéndose estúpido.

—Adenina, guanina, citosina y timina —enumeró Roldey—. Relacionamos cada una de las cuatro longitudes de onda distintas que había en las radiaciones de aquella piedra con una base nitrogenada en concreto hasta que dimos con la combinación ganadora. Descifrar ese código fue mi mayor aportación al proyecto, y por eso lo lidero. ¿Cómo si no iba a ser jefe de laboratorio alguien tan joven como yo? ¿Acaso ves muchos proyectos de clonación encabezados por un treintañero?

—No, no los veo —asumió Wilker, que no quería que la conversación se centrara en los méritos personales de Roldey—. Así que, ella es el resultado del ADN que se compuso a partir de ese código que se encontró.

—Efectivamente —confirmó Roldey mirando a la joven, sintiéndose orgulloso de nuevo de su descubrimiento.

—¿Para qué? —El regulador había comprendido el relato, pero desconocía el objetivo de la investigación.

—No lo sé —contestó Roldey alzando los hombros—. Ella nos lo dirá. Pienso que alguien nos ha dejado un mensaje importante, pero tendrá que salir de su boca. Es como si quisieran que la creáramos… para algo.

—¿En serio? ¿Eso crees? ¿Y cuándo nos dirá lo que sea que nos tiene que decir? —preguntó Wilker, ahora sí, totalmente interesado en el proyecto.

—La liberaremos cuando su cuerpo biológico cumpla los dieciocho años, que será dentro de no mucho, pues los aceleradores biométricos están funcionando bien. Esa es la edad mínima para dar por completados a los seres clonados, ¿no? —Wilker asintió con la cabeza—. No entiendo por qué no dejáis crear niños mediante la clonación, sinceramente. Pero ese es otro tema… En cuanto esté completa tendremos que enseñarla a hablar, porque su cuerpo se desarrolla ahí dentro, pero el aprendizaje no va incluido en el ADN y…

Un estruendo que acompañó un vaivén exacerbado de la nave interrumpió la conversación. Los dos jóvenes tuvieron que agarrarse a la bancada para no caer como el instrumental del laboratorio que, si no se hizo añicos, fue por la mejora de la fórmula de su cristal reforzado que potenciaba la unión del silicio con el oxígeno. Las alarmas se encendieron, sonaron las sirenas y las luces rojas invadieron la estancia, llenando a científico y regulador de preocupación.

—¡Atención! ¡Atención! —comenzó a escucharse a través de los altavoces—. Estamos siendo atacados. Se ruega a todo el personal que mantenga la calma y se dirija a la zona segura.

El mensaje se transmitió a través de las pantallas de los trajes, que además de los avisos visuales, enviaba advertencias en forma de pequeñas corrientes a través de la piel.

—¿La zona segura? —preguntó Wilker, asustado.

—Es una habitación estanca en el núcleo del aerolaboratorio. Te aconsejo que vayas allí. Solo tienes que salir y seguir a la gente que veas correr despavorida…

—¿Y tú no vas? —cuestionó el regulador, confuso.

—No voy a abandonarla. —Roldey señaló de nuevo al contenedor con la joven—. Te lo dije, es mi hija.

El científico se dirigió al gran ventanal que había en la habitación, apretó de nuevo un par de botones en su antebrazo y los cristales perdieron su opacidad, dejando ver la negrura exterior.

Fuera se mostraba una batalla desequilibrada en la que una decena de cazas perseguían a una de las naves que debían protegerles. Normalmente, el aerolaboratorio era escoltado por dos vehículos militares. Roldey no consiguió divisar el otro, por lo que dedujo a qué se había debido la anterior explosión.

—Son cazas de Melkania —dijo Wilker acercándose a la posición del científico—. Mira, tienen el emblema de la estrella plateada en su fuselaje.

—¿Melkania? —se preguntó Roldey a sí mismo, confundido—. Está claro que las relaciones entre nuestra ciudad y la suya no son lo que se dice muy buenas, ¿pero tanto como para esta agresión inesperada?

De repente, hubo un segundo estallido similar al anterior. La segunda nave de defensa había sido destruida. Acabada la batalla, vieron en el exterior un gigantesco remolcador acercarse a ellos. Sin duda, iban a secuestrar el aerolaboratorio.

—Nos van a hacer prisioneros… —afirmó Wilker, visiblemente asustado, mirando hacia todos lados y buscando una solución que no encontraba.

—La quieren a ella —supuso Roldey refiriéndose a la joven clonada—. Deben de saber algo que se nos escapa. ¿Qué otra cosa iban a querer de este proyecto?

—No lo sé… —apuntó el regulador—. Pero si la quieren a ella, el protocolo indica que…

—Ni se te ocurra decirlo —amenazó Roldey llenando de determinación su afable rostro juvenil—. No voy a matarla…

—Si los seres clonados tienen valor, o potencialmente pudieran llegar a tenerlo, en caso de inminente robo deberían de ser…

—Asesinados —completó Roldey—. Lo sé. Conozco las leyes.

—Quería decir cancelados…

—Son personas, Wilker… No te atrevas a hablar de ella como si fuera un simple producto…

—¿Tú también estás enamorado de ella? —preguntó el regulador, devolviéndole la jugada al científico.

—No seas idiota… —Aunque Roldey no podía evitar pensar que se lo decía a él mismo, pues sentía por su creación algo más allá de lo científico—. En cualquier caso, creo que no podemos perderla. No sabría decir por qué. Llámalo fe, y sé que siendo un estudioso de la ciencia no debería dejarme guiar por ella, pero…

—Yo también creo que esa chica tiene algo que hay que proteger… —dijo Wilker sorprendiendo al científico por aquel cambio de opinión apresurado.

—¿Y por qué lo piensas? —preguntó Roldey, curioso.

—Lo he visto en sus ojos.

—Si los tenía cerrados cuando se los has visto… —afirmó el científico, confuso por aquel ataque de fe ciega momentáneo que sufría Wilker.

—Y, aun así, lo he visto… —El regulador sonrió, y Roldey sintió que se había ganado su confianza incluso antes de tener motivos racionales para ello—. Vamos a ver qué quieren esos melkanios —añadió Wilker toqueteando su antebrazo—. De momento, ya he enviado una señal de auxilio. Espero que los refuerzos lleguen pronto para rescatarnos…

Roldey asintió. Pero lo que no sabía ninguno de ellos, era que la ayuda que esperaban no llegaría a tiempo. Ni a destiempo.